Hannah y el lobo (parte 3/4)

Eugène vivía en una casa con patio que se hallaba situada entre un bloque de pisos de tres plantas pintado de verde militar - el edificio donde vivía Mélanie Boucher -, y un hostal que apenas albergaba gente en otoño y mucho menos en invierno. Cuando iba a entrar en el patio de los Thayer, cuya puerta siempre estaba abierta, para dejar allí la vespa en vez de en la calle, vi a Mélanie torcer la esquina. Llevaba un jersey gris ancho con las mangas tan largas que le cubrían las manos, mejor dicho, la mano. Seguramente llevaba ese jersey en vez de esas camisetas ceñidas que solía lucir precisamente por eso. Mélanie tenía la edad de Eugène, diecinueve años recién cumplidos. Era rubia y sus ojos eran de color azul verdoso. Al igual que yo tenía la piel muy blanca y pecas sobre la nariz. Siempre iba muy maquillada y llevaba kilos de sombra de ojos negra. Me miró a los ojos y yo le soporté la mirada hasta que me di cuenta de que no iba a apartármela. Se la veía apagada, cuando siempre andaba con aires de superioridad.

Entré en el patio. Aún no había bajado de la moto cuando Marie salió por la puerta trasera, la de la cocina. La hermana pequeña de Eugène tenía las mismas facciones duras de su hermano, y cuando sonreía su expresión también se endulzaba. Era una chica muy mona. No tenía la piel tan morena como la de Eugène, pero su cabello también era negro como el azabache y liso. Lo llevaba corto a la altura de los hombros, y un flequillo cortado en forma de pico. Había heredado esos preciosos ojos verde esmeralda de su madre que volvían locos a muchos chicos, por eso tenía tantos pretendientes en el instituto. Marie acababa de cumplir quince años pero al ser tan alta aparentaba más. Bajé de la moto y me quité el casco. Cuando volví a mirarla ya no sonreía sino que tenía una expresión más seria, o, mejor dicho, preocupada. Se acercó tanto a mi que pensé que quería darme un abrazo. Entonces comprobó que no tenía a nadie detrás y empezó a hablarme en voz baja.

  • Hola Hannah, cuánto tiempo. ¿Cómo estás?
  • Bien. ¿Cómo estás tú?.
  • Preocupada, por Eugène. Desde que se fue a la ciudad está muy misterioso y raro, sé que oculta algo y sé que tu sabes que, si no no estarías aquí. - le aparté la mirada. - Vamos Hannah, por favor, dímelo. ¿Qué le pasa a mi hermano?
  • Es mejor que sea Eugène quién os lo diga, él os lo explicará mejor.
  • ¿Qué tramáis vosotras dos? - preguntó Eugène, apoyado en el umbral la puerta de la cocina. - Juntas y solas, qué miedo.
  • Solo estaba saludando a mi amiga. - dijo Marie, y le sacó la lengua. Eugène se rió.
  • Vamos, entrad en casa. Ya ha oscurecido. - Marie puso los ojos en blanco.
  • No te preocupes tanto, Eugène, estamos en el patio de casa... - le dijo. Yo me reí entredientes.

Entramos en casa por la puerta de la cocina y fuimos al salón. Jacques Thayer estaba sentado en el sofá, mirando la televisión. Físicamente el padre de Eugène y de Marie era un hombre alto, que sobrepasaba el metro ochenta y cinco. Ojos grandes y marrones, calva incipiente, pelo canoso, piel blanca, barriga hinchada de cerveza... No era un hombre muy ancho y la forma de su cuerpo con esa barriguita me recordaba a un cacahuete. Tenía la nariz bastante grande y redonda y la de Marie se le parecía. Llevaba una camiseta manga corta roja y unos pantalones vaqueros oscuros. Cuando me vio enseguida bajó el volumen de la televisión y se levantó del sofá dedicándome una sonrisa muy amplia. No me esperaba que se alegraría tanto de verme. Esa sonrisa era la misma que tenía su hijo. Eugène se parecía mucho a su padre aunque los mejores rasgos los había heredado de su multicultural madre. Me puso las manos sobre los hombros y los apretó sin llegar a hacerme daño. Jacques me sacaba dos cabezas y tuve que mirar hacia arriba para encontrarme sus ojos oscuros.

  • Hacía mucho tiempo que no venías por aquí.
  • Señor Thayer, nos vimos hace unos cuantos días, cuando fui a comprarle el pan.
  • Pero a mi me gusta tenerte como invitada en casa. - me quitó las manos de los hombros y fue hacia la cocina. - Hannah, ¿hueles la comida? Estoy cocinando Cassoulet, como me enseñó mi madre. Dentro de diez minutos estará listo, si queréis ir poniendo la mesa...

El Cassoulet que había preparado el señor Thayer estaba para chuparse los dedos. Disfruté de la cena tanto como de la compañía. Yo, que nunca había sido una persona muy sociable, en casa de Eugène me sentía como si estuviese en mi propia casa. Incluso me encontraba más a gusto. Participaba en las conversaciones, me reía con ellos... Eran muy buena gente, los tres. Amables y humildes, eso hacía que me sintiera muy cómoda en su compañía. Además, Jacques contaba siempre unos chistes graciosísimos, y Marie sentía tal admiración hacia mi que, aunque yo no entendía, me subía la moral. Me pregunté por que no iba más a menudo a esa casa y me pasaba los días encerrada en casa de la abuela. La compañía que me hacía un libro y una taza de té era agradable pero relacionarme con personas, a parte de Eugène, más a menudo también estaba bien. Durante toda la cena esperé a que Eugène contara la verdad de lo que le estaba ocurriendo, y Marie esperaba que lo hiciera, el único que ignoraba aquello era el señor Thayer, que se divertía contándonos chistes y anécdotas divertidas que yo ya había oído antes. Eugène hizo el amago de hablar sobre el tema unas cuantas veces, pero luego cruzábamos una mirada que a Marie nunca se le escapaba y agachaba la cabeza haciendo como si nada.

La habitación de Marie era muy mona. Las paredes estaban pintadas de color lila claro y había dos camas color haya. Cada una tenía tallado un corazón en el cabezal. Las cortinas eran azul celeste y estaban llenas de corazones de un rosa muy parecido al color de las paredes. Pegado a la pared donde se hallaba la puerta había un armario de dos puertas que tenía un corazón talado en cada una, como las camas. Dejé mi cesto de paja con la ropa sobre la cama que estaba más cerca de la ventana y me cambié, imitando a Marie que se estaba poniendo su pijama. Cuando ya me hube puesto mi camisón manga larga color amarillo claro me senté sobre la cama imitando a Marie. No llevábamos ni dos minutos hablando a solas cuando Eugène llamó a la puerta y asomó la cabeza. Llevaba puestos unos pantalones de pijama color gris oscuro y una camisa interior de tirantes blanca que le quedaba muy bien. A simple vista, cuando vestía con la ropa gruesa del invierno, Eugène no parecía que tuviera ni músculos ni un abdomen fuerte cuando en realidad era así. Y yo, aún sabiéndolo, cada vez me sorprendía al ver su cuerpo tan perfecto.

Eugène se sentó junto a su hermana, que apoyó su cabeza sobre su hombro. Le resbalaron hacia delante varios mechones de pelo tapándole media cara.

  • ¿Que es lo que tramas en la ciudad? ¿Tienes alguna novia ahí? - Eugène se rió.
  • Ya sabes que no.
  • Menos mal porque si no Hannah se pondría celosa. - Eugène se volvió a reír y yo noté cómo me ruborizaba. - Ahora en serio, Eugène, por favor... dime que te ocurre.
  • Díselo ya, Eugène. Tu hermana tiene derecho a saberlo.
  • Está bien... - respiró hondo mientras vacilaba. - Soy un hombre lobo.
  • ¿Qué? - Marie se echó a reír. - Me estás tomando el pelo, ¿verdad? - dejó de reírse al ver la expresión seria con la que la miraba su hermano. - No, no puede ser. Dime que no es verdad, Eugène.
  • Estos siete días no he estado en la ciudad sino en una de esas cabañas en las montañas.
  • ¿Tu solo? ¿En las montañas? - Eugène se encogió de hombros. - ¿Por que no me lo habías dicho antes?
  • Entiende que estaba asustado, no sabía que hacer, yo... Se me ocurrió que debía ir a la montaña, busqué esas cabañas de las que había oído hablar.
  • ¿Cuando fue?
  • La misma noche que le arrancaron la mano a Mélanie.
  • ¿No piensas contarle nada a papá?
  • No lo sé. Él siente tal aversión y a la vez pavor hacia los hombres lobo desde lo de mamá... No quiere ni oír hablar de ellos.
  • Pero esta vez es diferente, ¡se trata de su propio hijo!
  • Shh, no alces tanto la voz... Tal vez cuando regrese se lo contaré. Mañana regresaré a la montaña. No quiero arriesgarme a bajar mucho al pueblo hasta que no me convierta en un purasangre y pueda controlar bien las transformaciones. - Marie abrazó a su hermano, estaba medio en shock.

Permanecimos un rato en silencio, hasta que Eugène se levantó para ir a su cuarto. Era tarde. Cuando salió de la habitación Marie y yo nos acostamos debajo de las mantas y ella apagó la luz de la habitación desde el interruptor y encendió una lamparita pequeña que había sobre la mesita de noche que hacía una luz anaranjada muy tenue. Estuvimos hablando durante una media hora de cosas relacionadas con Eugène y con los hombres lobo. Cuando vi que Marie empezaba a bostezar me levanté de la cama para ir al cuarto de baño antes de dormir. Yo también tenía sueño. El cuarto de baño estaba situado entre la habitación de Marie y la de Eugène. La puerta del cuarto de Eugène estaba entreabierta y vi que había luz dentro. Me asomé un poco antes de entrar en el baño y le vi a él tumbado boca arriba sobre su cama. Suspiré y me dirigí hacia el cuarto de Marie, que estaba ahí al lado. Entonces el pasillo se llenó de luz y me volví. Eugène estaba en la puerta de su habitación. Me sonrió y me hizo un gesto con el dedo para que me acercara a él. Cuando lo hice me tomó de la mano y me estiró dentro de su habitación. Cerró la puerta detrás de mi. Mis pulsaciones se habían acelerado.

Su cuarto era del mismo tamaño que el de su hermana. Él tenía una cama grande con un cabezal cuadrado color negro y un armario del mismo color. Las paredes estaban pintadas de verde césped. Se sentó sobre su cama, ya deshecha, y me pidió que me sentara a su lado. Lo hice. Cogió una cajita color lavanda que había sobre su mesita de noche y me la dio. Dentro había dos cartas abiertas, un frasco de colonia casi vacío, dos entradas de cine rotas, una servilleta con el nombre de un restaurante caro de la ciudad, y una foto muy sexy de su madre en camisón muy sonriente sentada sobre una cama que no era la suya, la de su casa, la que compartía con su marido. Estaba preciosa en esa foto. No pregunté qué era esa caja pues era obvio que todo eso eran recuerdos y regalos que Anabela había guardado de su amante, el que había resultado ser un hombre lobo y había acabado con su vida. Me miró esperando que dijera algo, pero yo no sabía qué decir y le aparté la mirada.

  • No me atrevo a leer esas cartas. - dijo finalmente.
  • ¿De donde has sacado esa caja?
  • La descubrí hace tiempo en el desván. No sé si fue ahí donde mamá la escondió o fue papá quién la guardó en ese rincón. Si es así no entiendo por que no la tiró o no la quemó. - Eugène estrechó los puños sobre sus rodillas.
  • ¿Se la has enseñado a Marie? - él negó con la cabeza.
  • Ella es la que mejor lleva lo que pasó. O la que mejor sabe fingir. No sé si debería enseñárselo.
  • Eugène, no pienses en eso ahora. Descansa antes de volver a la montaña.
Fui a levantarme pero él me agarró de la muñeca y nuestros ojos se cruzaron. Cuando me di cuenta tenía su rostro tan cerca del mío que podía sentir su aliento en mis labios. Eugène me miraba con una mezcla de dulzura y de deseo en la mirada. Estaba claro que quería besarme y me puse muy nerviosa. Nunca nadie me había besado antes, nunca antes un chico se había fijado en la chica callada y rarita del pelo azul y un ojo de cada color. Eugène puso una mano en mi mejilla y presionó sus labios en los míos. Me mordió el labio y luego hizo algo con los labios e introdujo la lengua en mi boca. Me besó con mucha ternura sin soltarme la cara. No sé durante cuanto tiempo estuvimos besándonos, pero fue tiempo suficiente para que yo le cogiera el truco. Lo que recuerdo bien es que me sentía más ligera, como si volara. Cuando separó sus labios de los míos nos miramos un momento a los ojos y luego me abrazó. Esperé a que dijera algo. Si lo había hecho bien, qué había sentido, qué sentía por mí... Pero se limitó a estrecharme fuerte mientras yo sonreía, con la cara escondida en su pecho.

  • Siento haberte entretenido. - dijo al soltarme. Yo sonreí. - Regresa a la cama, Hannah. - me levanté e hice el amago de dirigirme hacia la puerta.
  • ¿No vas a decirme nada más? - Eugène sonrió y se levantó.
  • Sí. Gracias por haber venido esta noche. - dijo, y me dio otro beso en los labios.

Eugène me acompañó hasta la puerta y me sonrió antes de cerrarla. Las piernas me temblaban y tenía un sabor de boca extraño pero a la vez agradable. Sonreí y me mordí el puño para no pegar un grito de alegría. Cuando entré en la habitación de Marie ella ya se había dormido. Me tumbé en la cama, apagué la luz de la lamparita y me tapé hasta arriba. Estaba tan eufórica que tardé en conciliar el sueño esa noche.


Abrí los ojos y vi que la cama de Marie estaba hecha y vacía. Supuse que ya habría ido al instituto y recordé cuando yo iba también, antes del trauma ocasionado por la transformación de mi padre y la muerte de mi madre, antes de que me encerrara en mi misma y no quisiera saber nada de nadie por una buena temporada. Dejar el instituto no se me hizo duro pues no echaba de menos a los compañeros que tanto se habían metido conmigo.

Me levanté y me asomé a la ventana. Un suspiro amargo salió por mi boca. El coche de Eugène no estaba y eso me produjo tristeza. Había regresado a la montaña dejándome con el sabor de sus besos en la boca y sin despedirse de mi. La calle estaba cubierta por esa niebla tan común, pero se veía distinta. Desde la ventana de mi cuarto en la casa de la abuela la niebla era más tétrica porque estábamos en medio de ese bosque tan frío y oscuro. No me extrañaba que me sintiese tan cómoda en la casa de los Thayer. Incluso en la habitación de Marie me sentía más a gusto que en la mía propia, donde solo había un armario de madera antiguo y una cama grande con barrotes de hierro forjado.

Salí al pasillo. La casa estaba muy tranquila y solo se oía el tic tac de un reloj de pie en medio de ese silencio. Estaba sola pero me sentía tranquila, como si estuviese en mi casa. La puerta de la habitación de Eugène estaba abierta y la cama hecha. Ese reloj de pie marcaba las nueve y media y me extrañé pues siempre solía despertarme antes de las ocho.

Bajé y el comedor estaba vacío. Un olor a crepe recién hecho me llegó desde la cocina y fui directa. Sobre la mesa del comedor había una jarra de cristal llena de zumo de naranja junto a un vaso y una palangana de cerámica blanca donde había tres pequeños crepes cubiertos con azúcar y sirope de chocolate. Junto a esta había un pequeño ramo de margaritas dentro de un jarroncito blanco con florecitas verdes dibujadas, y a su lado una nota escrita en un trozo de papel blanco en el que había escrito lo siguiente:

Buenos días, preciosa. Te he preparado el desayuno, espero que lo disfrutes. Te prometo que nos veremos pronto.
Eugène”

Sonreí ampliamente y me senté frente a ese desayuno que era solo para mi. Me pregunté si Eugène había preparado crepes de chocolate porque sabía que me encantaban o había preparado ese desayuno al azar.

Desayuné tranquilamente, cosa que no acostumbraba a hacer, y luego regresé a la habitación de Marie para quitarme el camisón y ponerme mi muda de ropa limpia. Cuando salí del cuarto del baño después de asearme me asomé a la habitación de Eugène sin ningún propósito y vi la cajita que me había enseñado la noche anterior, donde su madre había guardado todas esas cosas. No había nadie en la casa así que no me corté y entré en el cuarto para abrirla y curiosear un poco. Me moría de ganas por saber qué ponía en esas cartas. Empecé por la más antigua, aunque solo había una diferencia de pocos días de una a la otra. Me tumbé boca arriba sobre la cama para leer. La almohada olía a Eugène y un escalofrío me recorrió el pecho. Cerré un momento los ojos e inhalé su esencia.

Lo que leí en esas cartas era exactamente lo que esperaba ver escrito, frases obscenas llenas de erotismo y muchos piropos. Ese hombre firmaba con sus iniciales: H. Y. Al final de la última carta que le envió la citaba en el hotel donde por lo visto se hospedaba el extranjero, un bonito hotel rural que se hallaba en medio de un valle a muy pocos kilómetros del pueblo, con vistas a las montañas. Decía que tenía una propuesta que hacerle. Mi imaginación empezó a volar. Me pregunté qué propuesta querría hacerle un purasangre a Anabela. ¿Que dejara a su familia y se fugara con él? No, seguramente solo era una encerrona y había planeado matarla esa noche. Escalofriante.

Dejé la carta dentro de la caja y la caja donde estaba y salí a hacer los recados para mi abuela. Los Thayer habían dejado una llave de la casa para mi en el plato de decoración donde tenían todas las llaves. Miré hacia el cielo mientras me abrochaba mi sudadera roja y me dirigía hacia mi vespa. Se había puesto negro y se oía algún que otro trueno a lo lejos. Me apresuré para que no me pillara la tormenta. Me acerqué en moto al supermercado e hice la compra lo más rápido que pude, pero cuando salí ya estaba lloviendo. Esperé ahí, resguardándome en la puerta del supermercado del diluvio que caía, pero la lluvia no cesaba y las gotas de cada vez eran más gordas. Suspiré agobiada. Me puse la capucha de la sudadera para dar una carrera hasta la vespa, pero entonces alguien me puso una mano sobre el hombro y me detuvo. Me volví sobresaltada y vi al cazador sonriéndome. Horace llevaba lo que había comprado sujeto con el brazo en el pecho. Una lata de judías, un paquete de carne, otro de arroz, una lata de aceitunas y un paquete de seis cervezas que había dejado en el suelo. Vestía con la camisa de cuadros marrones y los vaqueros viejos de siempre. Me sorprendó que oliera tan bien a colonia.

  • ¡Hannah!
  • Buenos días señor Po... - Horace frunció el ceño. - Horace.
  • ¿Vas a ir a casa de tu abuela con esta tormenta? Mira la calle, parece un río.
  • Tengo que llevarle lo que he comprado si o si, además lleva desde ayer por la tarde sola. No he pasado la noche en casa y...
  • Te acompaño en mi coche. La casa de tu abuela está relativamente cerca a la mía, no puedo dejar que cojas tu moto con la que está cayendo... - vacilé un momento. - Vamos, ¿aún no te fías de mi?
  • Está bien. Gracias. - él sonrió.
Echamos una carrera hasta el 4x4 de Horace. No lo había aparcado muy lejos del supermercado pero llovía tanto y el suelo estaba tan lleno de charcos que acabamos empapados. Horace sacó una toalla pequeña de la guantera y me la dio para que me secara un poco la cara y el cabello. Luego sacó una lata de cerveza del paquete que se había comprado y la abrió. Me ofreció un trago pero no quise. Él se encogió de hombros y le dio un buen trago antes de arrancar el coche. Estuvimos un buen rato en silencio, hasta que salimos del pueblo y entramos en el camino que conducía a casa de mi abuela.

  • Me extraña que no hayas pasado la noche en casa de tu abuela, quiero decir, no sueles dejarla sola.
  • Es mi amigo Eugène, él estaba preocupado por mi, ya sabes, por lo que le hicieron a Blanche.
  • Él y tu os lleváis muy bien, ¿verdad? - asentí. - Siento el encontronazo que tuvimos ayer en casa de tu abuela, por cierto.
  • No fue para tanto. - Horace paró el coche y entonces me di cuenta de que ya habíamos llegado. - Te espero aquí.
  • Tardaré un rato, ¿por que no bajas?
Horace bajó del coche sin vacilar. Cuando entramos en casa me encontré a la abuela sentada en el sofá de piedra y muy pálida. No giró la cabeza para mirarnos. Creo que ni siquiera se dio cuenta de que Horace y yo estábamos ahí hasta que nos pusimos delante de ella, entrando en su campo de visión. Levantó la mirada y me miró por encima de sus gafas con cristal de media luna. Me arrodillé delante de ella y le cogí su mano, fría y arrugada. Miré durante una fracción de segundo al cazador, que estaba tan sorprendido con el estado de shock de mi abuela como yo. Había tanto silencio que solo se oía el ruido de la lluvia que estaba cayendo fuera.

  • ¿Que ocurre, abuela? Estás transmudada.
  • Ha vuelto, le he visto, ahí fuera entre la niebla.
  • ¿A quién has visto, abuela?
  • ¡A tu padre! Estaba en la cocina y lo he visto por la ventana. Estaba al otro lado de la pared del patio, mirando junto a un árbol.
  • No puede ser... - murmuré. Me levanté y me senté a su lado. - No me lo puedo creer.
  • ¿Puedo preguntar... qué pasa? - preguntó Horace, que no entendía qué pasaba.
  • Es una larga historia. - dije. La abuela me miró.
  • A mi hijo lo convirtió un purasangre, el mismo que usted cazó hace dieciocho meses. Después de eso desapareció. - le explicó la abuela.
  • Abuela, ¿estás segura de lo que has visto? ¿Es tas segura de que has visto a papá?
  • Completamente segura, Hannah.
  • ¿Y si papá...? - me tapé la boca con una mano. - No, no puede ser.
  • ¿No estarás insinuando que fue tu padre el causante de esos ataques? - me encogí de hombros y miré a Horace, que estaba pensativo.
  • Horace, puedes irte. Esta noche me quedaré aquí. - me levanté del sofá para acompañar al cazador hasta la puerta.
  • Si necesitas algo este es mi número de teléfono. - se sacó una tarjeta arrugada del bolsillo con su nombre completo y su número de teléfono. - No dudes en llamarme.
  • Gracias por todo. Adiós.

2 comentarios:

Tahis dijo...

Jo, no quiero que sea el padre de Hannah el que haya hecho todo eso :( y... ¡me encantó el beso! Jajaja, qué lindos, aunque él pueda matarla en cualquier momento.. xD Chaito ^^ Voy a estudiar y a escribir muy mucho y dejarlo programado para la semana que viene.

Hablamos a la noche por face, que Antonio trabaja hasta tarde y no voy a salir -.- xD

Flor de Cerezo - dijo...

Woow, yo sabia que el Padre estaba por aparecer pero no se si sea el quien causo esas cosas :C o al vez no quiero que el lo sea u.u ...
Por cierto, la parte del beso me impacto ^^ muuuuuy dulce, pero pobres D: el es un hombre lobo y puede matarla ! ... Seguire leyendo (: espero que todo mejore para Hannah...