Para ti, imposible D.

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Me saludaste el otro día, cuando nos cruzamos por la calle. No me lo esperaba pero tampoco me sorprendió, aunque mi posterior sonrisa dijera todo lo contrario. No sabes mi nombre, ni sabes quién soy, pero reconoces mi cara porque nos hemos visto las veces suficientes. Yo tampoco sé quién eres, pero sé tu nombre, y sé que tienes una mujer y unos hijos preciosos. Y que hay algo en ti que me atrae en exceso. No me importa que nos separen ¿cuantos? diez años de edad, que a lo mejor son más, o a lo mejor son menos. Tampoco me importaría que una noche llamaras a la puerta de mi casa y te fueras al amanecer, pero, ¿con quién dormirá tu hermosa mujer mientras tu estés en mi cama? Su sonrisa no puede dejar de brillar por tu culpa, por la mía. 


Me hablaste hace unos días. Por primera vez cruzamos unas cuantas palabras. Me reí, te reíste, nos reímos juntos, y más tarde me volviste a hablar, y volvimos a reír. Eres simpático pero no solo conmigo, de todas maneras finjo sentirme especial ahora que te has dirigido a mi. Y no me importaría que siguiéramos esa charla y esas risas en un bar, solos, poder mirar tus ojos negros sin necesidad de disimular para hacerlo. Es cruel y egoísta lo que voy a pedirte, pero, ¿podrías olvidarte por un día de ella, de ellos, de tu familia? Una cita es lo que te pido, tomar unas cervezas mientras nos contamos historias, mientras nos divertimos, y que pases la noche conmigo. Una aventura que dure medio día y toda una noche, no necesito nada más. Luego no será necesario ni que volvamos a hablar.


Recordando el domingo...

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Despierto en medio de un sueño pasadas las dos de la mañana, y me pongo los zapatos para empezar mi rutina. Hace días que no estoy sobrio. 

Salgo para que me de la brisa, pero caigo de rodillas al recordar el último domingo que pasamos juntos. Desayunamos juntos, pero los huevos no duran tanto en el plato como me gustaría, como el sentimiento de lo que necesito. 

Fueron tantas las noches que pasamos juntos, que su apartamento se me hizo de lo más familiar. Ella me miraba con una sonrisa diabólica dibujada en los labios, me tomaba de la mano y me llevaba a su habitación, donde yo moría para entrar. 

Despierto a sus vecinos, caras que desconozco, y les suplico que me dejen pasar. 

“No quisiera molestar, pero, ¿habéis visto a esta chica?. Se ha estado paseando por mis sueños, y parece que eso me está volviendo loco. Creo que le pediré que se case conmigo”. 

Aunque ella no crea en el amor, ¿quién puede negar todas esas mariposas? 

Pero sus vecinos me dicen que ella se ha ido lejos. Es gracioso como ha estado lloviendo todo el día. Y entonces todo empieza a tener sentido. Miro al cielo y ahora lo veo; todas esas nubes me han estado siguiendo en mi desesperado esfuerzo para encontrarla, donde quiera que esté. 

No voy a regresar, he hecho algo horrible y me aterra hablar, pero esperabas esto de mi. Seré franca, estoy confundida. Pero ahora la lluvia te está borrando de mi cabello, y de mi memoria. Con un ojo puesto en el mundo, a miles de kilómetros sobre el suelo, estoy sobre ti en este momento, a salvo en las nubes, muy alto sobre tu cabeza. 

Creo que es hora de volver a casa.


Este texto está inspirado en la letra de la siguiente canción:

El tesoro de Maui - Epílogo

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Zinnia estaba pálida. Había perdido bastante sangre, sin embargo se mantenía en pie frente a Danilo. Su cara no expresaba otra cosa que odio, y, con el ceño fruncido, estrechaba fuerte con la mano la única arma que tenía. Seguramente Danilo no se vio amenazado por ese abrecartas. Sus compañeros le habían abandonado sin mirar atrás y yo le sujetaba fuerte por detrás, pero no le notaba tenso ni asustado. A pesar de todo, seguía sin vernos como un peligro.

Ella no vaciló. Le apuñaló con el abrecartas en el estómago cuando vio que lo tenía bien agarrado, entonces fue cuando Danilo se dio cuenta de que la cosa iba en serio. Aún así, no dijo nada. No suplicó, ni siquiera gimió de dolor, solo tragó saliva y las piernas le temblaron un poco. Yo lo sentí, sentí su miedo, pero su orgullo le mantuvo firme incluso cuando supo que era el final.

  • ¿No quieres despedirte de nadie? - dijo Zinnia, esbozando una media sonrisa -. Ciao.
Zinnia volvió a clavarle el abrecartas, esta vez en el corazón. Acertó de pleno, y Danilo echó su último aliento. No comprobé si estaba muerto, simplemente lo sabía. Lo solté y cayó de bruces en la orilla de la playa. Al fin nos habíamos librado de él.

Fui rápido y conseguí agarrar a mi amiga antes de que cayera al suelo. La senté sobre la arena. La herida no tenía muy buen aspecto y le dije a Ruiha que me ayudara a sacarle la bala y a limpiarla, pero Zinnia, que no nos entendía, me pedía que fuese a por Braxton. Empezó a suplicármelo y al final tuve que hacerle caso.

Dejé a Ruiha al cuidado de ella y me adentré de nuevo en la selva. Corrí lo más rápido que pude durante un buen rato. Creía que me había perdido cuando, a unos cuantos metros, diez, o tal vez quince, de dónde habíamos dejado a Braxton peleando con ese pirata llamado Jonas, choqué de frente con él. Tenía el labio inferior cortado, sangraba por la nariz y tenía el ojo izquierdo hinchado, pero estaba bien.

  • ¿Dónde está Zinnia? - fue lo primero que me dijo.
  • Ella con Ruiha, en playa.

Empezó a correr de nuevo, hacia la playa, y yo corrí junto a él.

  • ¿Está bien?
  • Herida...
  • ¿Y Danilo?
  • Muerto.
  • ¿Lo ha matado ella?
  • Sí – Braxton sonrió, orgulloso.

Cuando llegamos las encontramos justo dónde las había dejado. Zinnia estaba tumbada sobre la arena, con la cabeza apoyada en el regazo de Ruiha, que cantaba una canción. Tenía una voz muy suave y dulce, una voz que hubiese hechizado al más duro de los hombres, como el canto de una sirena. Braxton la interrumpió, arrodillándose a su lado.

  • ¿Eleanora? - la zarandeó con delicadeza.
  • Ella dormir, ahora dormir – dijo Ruiha.
  • Creo que respira – dijo Braxton, apoyando la cabeza sobre el pecho de Zinnia -. Sí, aún respira – la cogió en brazos y la levantó -. Hay que sacarle la bala.

Había caído la noche. Zinnia estaba tumbada entre los brazos de Braxton, que estaba sentado junto a la hoguera que habíamos encendido en la playa. Le habíamos sacado la bala, limpiado y cubierto la herida con un trozo de tela para que no saliera más sangre, pero no se despertaba. A ratos, con los ojos entrecerrados, balbuceaba cosas que no entendíamos. Tenía fiebre y temblaba de frío.

  • ¿Que pasará con Hiperión? - le pregunté a Braxton. Llevábamos horas sin hablar.
  • El Hiperión... – se encogió de hombros -, ahora pertenece a los amotinados. Lo que me preocupa es que ella se ponga bien, más que el barco de mi padre.
Mientras el sueño me vencía, oía a Ruiha rezar en voz baja para que Zinnia se pusiera bien. Me dejé dormir apoyado en el tronco de un árbol, y no desperté hasta el alba.

Braxton no estaba allí dónde le vi antes de quedarme dormido, Zinnia tampoco estaba, y nadie se había encargado de alimentar el fuego de la hoguera, dónde solo quedaban las brasas. Miré a mi alrededor. Ruiha estaba acurrucada junto a mi, dormía profundamente.

El amanecer comenzaba a despuntar en el horizonte. Me puse en pie y me estiré. Fue entonces cuando oí una voz que me resultaba familiar y vi dos siluetas junto a la orilla. Solté un suspiro de alivio al ver que Zinnia ya estaba bien, y que andaba sobre la arena ayudada por Braxton. Sonreí.

  • Ruiha – la desperté -, mira, ella ya se ha recuperado.
  • Ya lo sé – me dijo, incorporándose -. He soñado que estaba bien, y sonreía. Era feliz.

Tres días después un buque mercante nos rescató de esa isla. Nos tomaron por náufragos, y nos trataron muy bien, a pesar de que no les convenció demasiado la historia que les contaron Zinnia y Braxton. Evidentemente, era una historia inventada. Tal vez ni siquiera se la creyeron, pero no hicieron muchas preguntas. Un hombre que decía que era médico examinó la herida de Zinnia y mejoró el trabajo improvisado que habíamos hecho entre Braxton y yo en la isla. Ella, que aún estaba un poco débil, mejoró mucho a partir de ese día gracias a ese hombre, bajito y pelirrojo, como ella. Dejaron que nos bañásemos con agua caliente, nos dieron habitación, ropa limpia, y, lo más importante: comida.

A la mañana siguiente del primer día de viaje, Ruiha me despertó.

  • Anaru, ven, no te lo creerás – me dijo.
La seguí. Llevaba un vestido del color del cielo de estilo occidental que había tenido que sustituir por los harapos que solía llevar. Era hermoso, a su manera, aunque demasiado voluminoso, y, sin duda, incómodo, al menos para nuestras mujeres, que no estaban acostumbradas a moverse con esas ropas. Sin embargo, Ruiha se veía preciosa con él, y el color resaltaba su piel morena.

Cuando salimos a cubierta vimos una hilera de hombres mirando por estribor. Braxton y Zinnia, que llevaba puesto un vestido muy similar al de Ruiha de color lavanda, también estaban ahí. Hablaban entre ellos. Cuando me coloqué junto a Zinnia y vi lo que los demás estaban viendo, me quedé con la boca abierta. Relativamente cerca de un pequeño islote junto por el cual pasaba el buque mercante en el que viajábamos, razón por la cual no estaba completamente cubierto por las aguas cristalinas del océano, se hallaba hundido el Hiperión, y los cadáveres de los amotinados flotaban en el agua.

  • Creo que alguien se enfadó con ellos por quitarle su tesoro... – me dijo Ruiha. Yo asentí.
  • Todo ha salido bien. Si hubiésemos ido en ese barco, ese hubiese sido nuestro destino – le dijo Braxton a Zinnia, que parecía más afectada que él por el hundimiento del Hiperión.
  • Imagino que nuestra época de pi... - Braxton le dio un codazo.
  • Sh, calla, torpe – se rió entre dientes -. Sí, esa época llegó a su fin.
  • ¿Qué tienes pensado hacer ahora?
  • Volver a Australia, por supuesto. Quiero comprarme una casa grande, con mucho terreno – dijo Braxton, poniéndose las manos en la cintura -. Compraré vacas, caballos, alguna gallina... Viviré allí, con mi futura mujer, a la que cuidaré como una reina, y nuestros futuros hijos. Será una vida tranquila, tendremos algún sirviente que nos ayude, y seremos felices – Zinnia agachó la mirada -. Sabes que me refiero a nosotros, ¿verdad?
  • Llevo años viviendo en un barco, siendo una... – miró a su alrededor – una pirata – dijo, en voz baja -, no sé si podría acostumbrarme a una vida así, en tierra firme, formar una familia... - Braxton se rió.
  • Claro que podrás. Podremos. Nos irá bien – la tomó de las manos -. Cásate conmigo, Eleanora Hayes. Ahora, casémonos ahora.

Pero Zinnia no aceptó tan fácilmente, a pesar de que era obvio que le amaba, o empezaba a hacerlo. Fue a la cuarta vez que Braxton se lo pidió, el mismo día que llegamos a Australia, cuando finalmente ella dijo que si.

  • Y ese, es el final de la historia – añade Eleanora, ruborizada. Braxton la mira y se ríe.
  • El final en cierto modo, porque, como ve, señor Frost, han pasado siete años de eso y nuestra historia sigue. Tenemos una casa preciosa, varias vacas, caballos... Tres hijos encantadores, y muy listos – dice Braxton, con orgullo.
  • Ha sido un relato fascinante, difícil de creer en ciertos puntos, pero es la mejor historia de piratas que he oído jamás. No tengo palabras.
  • Contada por piratas de verdad, no lo olvide – dice Braxton. El señor Frost sonríe y asiente una vez.
  • Me alegro de que las cosas hayan salido como queríais – se levanta. Los demás le imitamos -. Han sido muy amables y hospitalarios conmigo.
  • Es usted a la primera persona a la que le hemos hablado de esto – le confiesa Eleanora. El señor sonríe, satisfecho -. ¿Va a publicar el libro?
  • Por supuesto. Les mandaré un ejemplar. Ahora, si me permitís, debo irme.
  • ¿Por que no se queda a cenar? - le propone Braxton -. Ya se ha hecho de noche.
  • Gracias señor Davis, pero debo rechazar la oferta. Tengo mucho con lo que trabajar, y un largo viaje de regreso a Londres.
  • Espere un momento, señor Frost - dice Eleanora, y se ausenta durante un minuto. Vuelve con un sobre en la mano -. Si pudiera darle esto a mi padre... - el señor Frost la coge.
  • Eso está hecho, señora Davis.
  • La dirección está en el sobre. No sé si mi padre vive en la misma casa, ni siquiera sé si está vivo – se encoge de hombros pero no parece muy afectada.
Braxton y Eleanora acompañan al señor Frost, que es un hombre bajito y regordete, de pelo blanco, bigote y gafas pequeñas, hasta la puerta. Se lleva consigo un maletín de piel marrón lleno de hojas escritas con la historia de un barco pirata llamado Hiperión, una señorita inglesa convertida en pirata y el hijo de un temible capitán. Ah, y de dos nativos maoríes que recogieron por el camino, a los que, sin tenerlo planeado, salvaron de las guerras de sus respectivas tribus y les dieron una vida mejor.

Oigo un ruido debajo de la mesa del comedor y me agacho para mirar. Jojo, que, con seis años, es el hijo mayor de los Davis, y Arama, mi hija de cinco años, están escondidos ahí debajo.

  • ¿Qué hacéis aquí? - ambos cruzan una mirada de complicidad. Se llevan muy bien -. No podéis escuchar esas historias de mayores.
  • Arama, ¿dónde estás? - dice Ruiha, bajando las escaleras.
  • Tu hija ha estado escuchando esa historia a escondidas – le digo, mientras cojo a Arama en brazos -. Ve con tu madre, es la hora del baño.
  • Jojo, cariño, tú y tus hermanas también tenéis que bañaros mientras la señora Levitt nos prepara la cena – le dice Eleanora a su hijo.
  • Yo me encargo de ello, señora Davis – dice Ruiha, y regresa al piso de arriba con los niños.

Eleanora y yo nos miramos y sonreímos. Ella y yo siempre nos hemos llevado muy bien, la considero mi mejor amiga desde el día que me rescató del océano, cuando lo había perdido todo.

Está mucho más guapa y femenina desde que se dejó el cabello largo. Sigue siendo la misma mujer fuerte y con carácter que conocí, pero ha sacado a relucir su lado más dulce, sobretodo desde que es madre. Además tiene un marido que la adora, tanto a ella como a los tres hijos que tienen en común. Me agarra del brazo con un gesto amistoso y me lleva a la cocina. Braxton sigue hablando con el señor Frost en la puerta. Le habla de sus animales.

La señora Levitt, la sirvienta y cocinera de la casa, está preparando la cena y la cocina huele muy bien a comida caliente. Es invierno en Australia. Nos sentamos a la mesa.

  • ¿Como te ha sentado, revivir el pasado? - le pregunto a mi amiga.
  • No recordaba que lo habíamos pasado tan mal – se ríe -. Tiene razón el señor Frost diciendo que fue una historia fascinante, aunque en ese momento no me lo pareció tanto – agacha la mirada y suspira -. Han pasado siete años y todavía echo de menos algunas cosas.
  • Pero eres feliz con la vida que llevas ahora.
  • Sí, lo soy.
  • ¡Mamá, mamá! - Mery Anne entra en la cocina. Tiene cuatro años y es la hija mediana de los Davis.
La pequeña de la familia, Cora, que tan solo tiene dos años y medio, entra corriendo detrás de su hermana. La sigue a todas partes y no se despega de ella en ningún momento.

  • ¿Que ocurre, hijas?
  • ¡No queremos ducharnos! - dice Mery Anne, con el ceño fruncido. Es la que más se parece a su madre.
  • La misma historia de siempre – Eleanora pone los ojos en blanco. Se levanta -. Voy a echarle una mano a tu mujer – me dice, y sale de la cocina con sus hijas.

Me quedo sentado a la mesa con una sonrisa dibujada en los labios. Me siento afortunado de tener una familia tan grande, y peculiar. Braxton entra en la cocina tarareando una melodía y saca la botella de vino que el señor Frost les trajo de Inglaterra el día que llegó. Coge dos copas y coloca una en frente de mi.

  • Debemos celebrarlo – dice. No le entiendo -. Debemos celebrar que el destino nos uniera, que saliésemos vivos de esa aventura y la vida que hemos llevado estos últimos siete años, ¿no crees, amigo? – abre la botella y me sirve a mi primero.
  • Hasta arriba, por favor.


    FIN